every story is a love story
Nos conocimos una tarde cualquiera, de esas que no parecen importantes hasta que cambian todo. Fue en una cafetería del barrio, donde los dos pedimos el último café del día. Cruzamos miradas, sonreímos, y a partir de ahí, no dejamos de hablar.
Al principio fueron charlas largas, risas compartidas y caminatas sin rumbo. Después llegaron los viajes, los domingos de desayuno en la cama y las pequeñas cosas que construyen algo grande.
Un tiempo después, nos animamos a dar el siguiente paso: nos mudamos juntos. Entre cajas, discusiones sobre dónde iba cada cosa y muebles que armamos (más o menos derechos), aprendimos a convivir con lo lindo, lo caótico y lo cotidiano.
Descubrimos que compartir un espacio también era compartir la vida, con todo lo que eso implica.
Compramos plantas —nuestro primer intento de hacernos cargo de algo vivo. Algunas sobrevivieron, otras no, pero nos dieron la excusa perfecta para cuidar juntos, prestar atención y aprender a tener paciencia.
Y un día, llegó Chipa. Con patas torpes, ojos enormes y una energía capaz de desordenarlo todo (menos el amor). Aprendimos a ser equipo en serio: entre paseos, zapatillas mordidas y siestas los tres en el sillón, descubrimos una nueva forma de cuidarnos y de elegirnos.
Hoy, con el corazón lleno de recuerdos y sueños por cumplir, decidimos dar el sí.
Porque cuando el amor te encuentra, sabés que es ahí.



